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9 feb. 2016

Nosotros también necesitamos ayuda. (I)

Nosotros también necesitamos ayuda. Es cierto. De todos los comentarios derivados de artículos derivados del programa de Évole de este domingo me ha gustado (especialmente) este en concreto de Ana Pérez, que por no reproducir en su totalidad prefiero adjuntar como captura.


Necesitamos ayuda por dos razones que no son sino la misma. Nosotros también estamos atrapados dentro. Y con esto no quiero decir que los hombres lo pasen peor atrapados en los roles impuestos por el heteropatriarcado (porque no es “sólo” un patriarcado) que las mujeres, pero tampoco quiero decir lo contrario. Y no lo digo por la sencilla razón de que nunca he sido todos los hombres de España y todas las mujeres al mismo tiempo. Pero, enserio, estamos atrapados dentro desde que hemos nacido. Y ha sido una jaula que se ha levantado muy poco a poco, con barrotes apenas visibles, y durante toda nuestra etapa educativa por lo que apenas podemos verla. Es una jaula que nos han puesto nuestros padres y madres, abuelos y abuelas, profesores y profesoras paso a paso, frase a frase, gesto a gesto, por la sencilla razón de que ellos también están dentro.

Es una jaula de barrotes finos que se hilan cuando un niño vuelve del cole con un ojo morado de una pelea y lo primero que pregunta su padre es: “¿Y tú, cómo has dejado al otro?” y si no obtiene una respuesta satisfactoria para su orgullo entonces interpela al crío un: “Es que tienes que defenderte, hijo”. Dejándonos muy claro desde muy pequeños que el problema no es la violencia, si no que nosotros no somos lo suficientemente machos para ejercerla. El problema no es la dominación que se vive en el patio de preescolar si no que somos los sumisos. Es una jaula en la que cada gesto a priori insignificante es un ladrillo más. Ver a tu padre frenar el coche en una curva para mirar a una chavala 30 años más joven no es sólo algo normal, si no que uno desde bien niño empieza a comprender que es lo que él mismo deberá hacer algún día.

Es una jaula en la que te meten tus titos cuando empiezan a contar chistes de coños pero regañan a su mujer si cuenta uno de pollas. Una jaula en la que creces, porque desde que eres bien niño la televisión ya te ha contado que el secreto es acumular objetos que ahora mismo no valoras pero lo harás al ser hombre: un coche de lujo, un reloj de oro, una mujer cuyas generosas tetas parecen cogidas de un cuerpo diferente al de su plano vientre. Coche caro = Mujer buenorra. Reloj caro = Mujer buenorra. Camisa de lujo = Mujeres buenorras con estilo. ¿Cómo se compran las cosas caras? Con dinero. ¿Qué hace falta para ganar dinero? Trabajar. Hilos que se entremezclan pero que provienen del mismo ovillo. Trabaja, niño, que algún día tendrás que mantener a tu familia. Esa familia que formarás con aquella niña de 7 años que juega en el parque a pasear en carrito a bebés de plástico, practicando para que algún día pueda hacer lo mismo mientras tú trabajas para darles de comer a ambos.


Es una jaula en la que te meten todos tus profesores de lengua al levantarse, avanzar hacia la pizarra y, señalando la frase desglosada sintácticamente dicen: “¿Quién fue a la piscina? Él fue a la piscina”. Sin embargo en la frase en la pizarra no hay ningún “él” escrito, ni tampoco un “ella”. Es una jaula en la que te meten cuando te dicen que las niñas pueden llorar al caerse del tobogán pero tú no. Y, claro, tú nunca has sido una niña pero supones que les dolerá más. Y alguien te reafirma cuando te dicen que vale, que empujes a Juan al barro y le tires el balón a la boca, pero no tires a Martita del pelo cuando juegas con ella “que es una niña y las niñas son delicadas”. A las niñas hay que tratarlas como a flores y a los niños como a troncos.

De adolescente todo empieza a empeorar cada vez más y más. No llores con pelis de amor. No llores cuando te sientas triste. No llores cuando te sientas profundamente solo. No llores cuando sufras una ruptura, en lugar de ello ve a beber whiskey y liarte con otra que acabes de conocer y te importe una polla. Porque al fin y al cabo…¿es lo único que querías de la otra de todas formas, no? ¿No sabes jugar al fútbol? Mmmm...pues eso debe ser porque eres maricón, porque los “hombres de verdad” sí que saben. Porque existen hombres de mentira y de verdad, si es que te acabas de enterar. Y los homosexuales son de mentira, aunque tengan más pelo en el pecho que tú (el pelo en el pecho se relaciona con la testosterona y esta con la supuesta virilidad). No sigas la moda. Un hombre “de verdad” no sabe cuál es la diferencia entre el cían y el magenta, pero entrénate para reconocer a 100 metros de distancia si esa corbata es de una firma o de otra o los ejecutivos jamás te querrán entre los suyos.

¿Se te da mal el bricolaje? Que lástima. Siempre podrás casarte con una “machorra”, cacho maricón. No puedes saber cuando un tío es atractivo, las mujeres reconocen a las otras mujeres que son guapas porque tienen otro ojo. Los tíos lo mismo vemos a Brad Pitt que a Nicolas Cage y nos parecen exactamente iguales… ¿No te pasas el día cachondo y mirando tías por la calle? ¿Te parece mal ir de putas? ¿Que no le miras las tetas a la secretaria de tu jefe? Pero…¿qué clase de tío eres tú?

Estamos atrapados aquí dentro con vosotras. Rodeados de “ellos”; los hombres “de verdad”.

Y estamos atrapados en todos los sentidos. Estamos atrapados porque somos insalvables, lo siento si alguien tenía la más leve esperanza. El bombardeo masivo desde la más tierna infancia y la educación que nos han proporcionado son irreversibles. Algunos tenemos que pararnos a pensar cuando nos señalan con el dedo y nos dicen: “Eso ha sido muy machista” y contestamos: “¿Enserio?”. Y no es hasta que cerramos los ojos y pensamos que somos una mujer y volvemos a escuchar nuestro propio comentario que nos quedamos callados. Necesitamos ayuda, pero no os la vamos a pedir a vosotras, mujeres, por la sencilla razón de que somos hombres.

ESTAMOS ATRAPADOS AQUÍ DENTRO.

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