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14 mar. 2016

"De los mejores sistemas sanitarios del mundo" (I)



Durante la pasada campaña y en los debates posteriores, son muchas las cosas que han llamado mi atención, pero hay una en concreto que siempre me hacía arquear una ceja: Son muchos los políticos que se dan golpes en el pecho hablando de nuestra Seguridad Social.


Mientras les veía uno tras otro en televisión, mostrándose orgullosisimos del sistema de salud español, no podía evitar pensar: “¿Y cómo estarán en otros países?” Y, aún más importante; “¿Van nuestros políticos a la SS?”. Lo dudo. Para mí, como para la gran mayoría de vosotros, la Seguridad Social es esperar una media de cuarenta minutos para entrar a consulta, sea la cita a la hora que sea. Para mí la Seguridad Social es la Arrixaca hasta arriba un miércoles por la noche, la sala de urgencias a reventar, alguien gritando de dolor en una esquina, y un pobre celador, que es el único con pelotas para dar la cara, diciéndole a la familia que lo siente pero están hasta arriba y que “el doctor le verá en cuanto pueda”.


Me preguntaba yo, viendo al señor Rivera hablando tan orgulloso de nuestro sistema de sanidad en La Sexta Noche, si no iría él a la Mutua. Lo digo porque, entre otras decenas de experiencias, a servidor le salió un quiste en la frente que han tardado 10 meses en extirparle quirúrgicamente. Desde la primera visita al centro de salud, cita al especialista, cita de nuevo tras el análisis pertinente y, por fin, cita a quirófano. Vale, quizás tener un bulto benigno en la cara no es nada urgente y puedo esperarme. No es ningún problema de salud como tal. Vale, sí.


Otro caso, entonces. Mi hermano, con problemas digestivos que persisten, va al ambulatorio en Noviembre y allí le dan cita para el especialista. Para Abril. Diversas enfermeras comentaron con mi madre que, siendo los problemas que eran, se olvidara de guardar filas y acudiese directamente a Urgencias. Que los trabajadores eran los primeros que conocían el estado del sistema y era el mejor consejo que podían darle.


Cabe preguntarse por qué estas listas de espera en un país cuyos licenciados en Enfermería y/o Medicina están emigrando para buscar trabajo porque aquí no hay. Parece de gilipollas, ¿no?


El caso es que decidí, aparte de escribir esto, claro, bucear un poco por la red. Vaya, los usuarios de la seguridad social española no somos los únicos que han debido arquear la ceja al oír eso de “uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo”. Seguro que los periodistas encargados de escribir esto o esto también han arqueado bastante las cejas. Vaya, no sólo no estamos entre los primeros del mundo si no que tampoco somos, ni de coña, de los primeros de Europa.


Políticos que no van a la Seguridad Social pero que tampoco leen los periódicos.


Hace muy poco, también, un amigo de mi Facebook se quejaba de que había pedido cita para el especialista y se la habían dado para dentro de tres meses y medio. Aparte de las (muchas) voces de apoyo que le contaban casos similares, alguien le llamó “quejica” porque decía que “en EEUU están peor”. Pues vaya… ¿es esto lo que nos espera con la Globalización (sí, en mayúscula porque me parece lo suficientemente importante como para llevarla) y con Internet? ¿Una población cada más idiotizada por la falsa empatía de consumir masivamente información sobre el gigante del que nos separan miles de kilómetros y haciendo como propio aquello de “mal de muchos…”? Quizás, de aquí a poco, cuando alguien se queje de sus condiciones salariales le señalaremos Corea y le diremos que no se queje. Ya pasa desde hace mucho con el “vete a Cuba” y es el nuevo argumento de la derecha joven y rancia que no lo es por ideas propias y repite sistemáticamente aquello de “pues en tu querida Venezuela…” como si por haber votado al partido de Monedero hubiesen recibido una sustanciosa comisión de aquel millón de euros. Ya lo estoy viendo; un mundo futuro en el que cuando llueva y alguien se queje siempre habrá alguien cerca para decirle: “Pues si vivieras en Suecia…” o en el que una madre desconsolada, llorando en televisión, que cuenta lo mal que lo está pasando su familia por la adicción a las drogas de su hijo, alguien de entre la televisión le señala que “al menos su hijo no se mete Krokodil de ese”. Cuando en reportaje de investigación hablen sobre una banda de traficantes de cocaína siempre habrá un experto que saldrá a comentar que en América Latina se matan en las calles, que aquí no, o al menos no por costumbre.


Oh, Globalización, a que maravilloso mundo auguro que nos conduces.

7 mar. 2016

La "casta" de la izquierda


Existen. Están ahí, entre nosotros. Es algo aparentemente simple, llano y obvio que, sin embargo, solemos olvidar demasiado a menudo. La casta de la izquierda es una realidad. Todos la conocemos, está ahí. Izquierda Unida en sus partidos municipales está llena de ellos. Pablo Iglesias lo es, de lejos además. Puede que levante ampollas esta afirmación pero dejadme explicarme:

Pablo Iglesias es hijo de una abogada sindical y un inspector de trabajo. Su abuelo fue uno de los fundadores de UGT y....un momento, un momento. ¿Me estáis diciendo que el abuelo de Pablo fue uno de los fundadores de UGT y su hija acabó como abogada sindical? Oye, pues se lo habría ganado. Pura y total casualidad. De hecho todos sabemos que los sindicatos, como la mayoría de empresas privadas o los puestos que da el estado, funcionan con unos procesos de criba muy duros en los que poco o nada influye quién señala tu currículum con el dedo ni cuáles son tus apellidos. ¿De qué os réis? ¿No estáis de acuerdo?

Estudió derecho en la Universidad sin tener que compaginarlo con un curro de mierda para pagarse la carrera, pero eran otros tiempos. Las tasas no habían subido al nivel que están ahora. Dos años después de terminar derecho terminó ciencias políticas. Lo que se dice un representante del pueblo, alguien de la calle. Un representativo ejemplo más del resto de vecinos de Vallecas que tienen dos carreras… Encontró trabajo en CEPS precisamente por ser de izquierdas y haber militado en el Partido Comunista, entre otras cosas. No digo que no diera la talla, pero el que crea que mientras revisaban su currículo encontrar que fue militante de izquierdas no influyó es simplemente un necio.

No ha pagado alquiler en su vida pues vive en casa de su abuela y jamás ha salido de la universidad. Ahí entró tras terminar el instituto y ahí siguió hasta 2014. Sin catar jamás lo que es ser becario para un hijo de puta. Vamos, como cualquiera de la generación y pensamiento que dice representar.

Todos lo sabemos ya, de sobra además. La casta de la izquierda existe. Dejando de lado al señor Iglesias, siempre los hemos tenido enfrente. Son esos de tal partido o sindicato que no voy a nombrar que intentan irse del bar de mi colega sin pagar tras acogerles allí para una reunión, porque el simple hecho de que pisen su bar debería ser suficiente para él, pobre comunista que debería sentirse honrado de que los comunistas que han triunfado en el capitalismo le necesiten. Son aquellos que no se han manchado las putas manos en su vida pero se posicionan como “representantes del pueblo”. El pueblo no cobra 2.800 fijos + comisiones por lo bajini, hijos de la gran puta. Al pueblo no le pagan millones de euros por asesorar a ningún gobierno.

Seáis de izquierdas o no, sois pura casta.

9 feb. 2016

Nosotros también necesitamos ayuda. (I)

Nosotros también necesitamos ayuda. Es cierto. De todos los comentarios derivados de artículos derivados del programa de Évole de este domingo me ha gustado (especialmente) este en concreto de Ana Pérez, que por no reproducir en su totalidad prefiero adjuntar como captura.


Necesitamos ayuda por dos razones que no son sino la misma. Nosotros también estamos atrapados dentro. Y con esto no quiero decir que los hombres lo pasen peor atrapados en los roles impuestos por el heteropatriarcado (porque no es “sólo” un patriarcado) que las mujeres, pero tampoco quiero decir lo contrario. Y no lo digo por la sencilla razón de que nunca he sido todos los hombres de España y todas las mujeres al mismo tiempo. Pero, enserio, estamos atrapados dentro desde que hemos nacido. Y ha sido una jaula que se ha levantado muy poco a poco, con barrotes apenas visibles, y durante toda nuestra etapa educativa por lo que apenas podemos verla. Es una jaula que nos han puesto nuestros padres y madres, abuelos y abuelas, profesores y profesoras paso a paso, frase a frase, gesto a gesto, por la sencilla razón de que ellos también están dentro.

Es una jaula de barrotes finos que se hilan cuando un niño vuelve del cole con un ojo morado de una pelea y lo primero que pregunta su padre es: “¿Y tú, cómo has dejado al otro?” y si no obtiene una respuesta satisfactoria para su orgullo entonces interpela al crío un: “Es que tienes que defenderte, hijo”. Dejándonos muy claro desde muy pequeños que el problema no es la violencia, si no que nosotros no somos lo suficientemente machos para ejercerla. El problema no es la dominación que se vive en el patio de preescolar si no que somos los sumisos. Es una jaula en la que cada gesto a priori insignificante es un ladrillo más. Ver a tu padre frenar el coche en una curva para mirar a una chavala 30 años más joven no es sólo algo normal, si no que uno desde bien niño empieza a comprender que es lo que él mismo deberá hacer algún día.

Es una jaula en la que te meten tus titos cuando empiezan a contar chistes de coños pero regañan a su mujer si cuenta uno de pollas. Una jaula en la que creces, porque desde que eres bien niño la televisión ya te ha contado que el secreto es acumular objetos que ahora mismo no valoras pero lo harás al ser hombre: un coche de lujo, un reloj de oro, una mujer cuyas generosas tetas parecen cogidas de un cuerpo diferente al de su plano vientre. Coche caro = Mujer buenorra. Reloj caro = Mujer buenorra. Camisa de lujo = Mujeres buenorras con estilo. ¿Cómo se compran las cosas caras? Con dinero. ¿Qué hace falta para ganar dinero? Trabajar. Hilos que se entremezclan pero que provienen del mismo ovillo. Trabaja, niño, que algún día tendrás que mantener a tu familia. Esa familia que formarás con aquella niña de 7 años que juega en el parque a pasear en carrito a bebés de plástico, practicando para que algún día pueda hacer lo mismo mientras tú trabajas para darles de comer a ambos.


Es una jaula en la que te meten todos tus profesores de lengua al levantarse, avanzar hacia la pizarra y, señalando la frase desglosada sintácticamente dicen: “¿Quién fue a la piscina? Él fue a la piscina”. Sin embargo en la frase en la pizarra no hay ningún “él” escrito, ni tampoco un “ella”. Es una jaula en la que te meten cuando te dicen que las niñas pueden llorar al caerse del tobogán pero tú no. Y, claro, tú nunca has sido una niña pero supones que les dolerá más. Y alguien te reafirma cuando te dicen que vale, que empujes a Juan al barro y le tires el balón a la boca, pero no tires a Martita del pelo cuando juegas con ella “que es una niña y las niñas son delicadas”. A las niñas hay que tratarlas como a flores y a los niños como a troncos.

De adolescente todo empieza a empeorar cada vez más y más. No llores con pelis de amor. No llores cuando te sientas triste. No llores cuando te sientas profundamente solo. No llores cuando sufras una ruptura, en lugar de ello ve a beber whiskey y liarte con otra que acabes de conocer y te importe una polla. Porque al fin y al cabo…¿es lo único que querías de la otra de todas formas, no? ¿No sabes jugar al fútbol? Mmmm...pues eso debe ser porque eres maricón, porque los “hombres de verdad” sí que saben. Porque existen hombres de mentira y de verdad, si es que te acabas de enterar. Y los homosexuales son de mentira, aunque tengan más pelo en el pecho que tú (el pelo en el pecho se relaciona con la testosterona y esta con la supuesta virilidad). No sigas la moda. Un hombre “de verdad” no sabe cuál es la diferencia entre el cían y el magenta, pero entrénate para reconocer a 100 metros de distancia si esa corbata es de una firma o de otra o los ejecutivos jamás te querrán entre los suyos.

¿Se te da mal el bricolaje? Que lástima. Siempre podrás casarte con una “machorra”, cacho maricón. No puedes saber cuando un tío es atractivo, las mujeres reconocen a las otras mujeres que son guapas porque tienen otro ojo. Los tíos lo mismo vemos a Brad Pitt que a Nicolas Cage y nos parecen exactamente iguales… ¿No te pasas el día cachondo y mirando tías por la calle? ¿Te parece mal ir de putas? ¿Que no le miras las tetas a la secretaria de tu jefe? Pero…¿qué clase de tío eres tú?

Estamos atrapados aquí dentro con vosotras. Rodeados de “ellos”; los hombres “de verdad”.

Y estamos atrapados en todos los sentidos. Estamos atrapados porque somos insalvables, lo siento si alguien tenía la más leve esperanza. El bombardeo masivo desde la más tierna infancia y la educación que nos han proporcionado son irreversibles. Algunos tenemos que pararnos a pensar cuando nos señalan con el dedo y nos dicen: “Eso ha sido muy machista” y contestamos: “¿Enserio?”. Y no es hasta que cerramos los ojos y pensamos que somos una mujer y volvemos a escuchar nuestro propio comentario que nos quedamos callados. Necesitamos ayuda, pero no os la vamos a pedir a vosotras, mujeres, por la sencilla razón de que somos hombres.

ESTAMOS ATRAPADOS AQUÍ DENTRO.

18 ene. 2016

Gracias por votar al PP




Gracias padres, madres, abuelos, abuelas, hermanos e hijos que habéis votado a PP. Gracias, enserio. Gracias de parte de todos aquellos que trabajan 40 horas semanales con contratos en los que sólo figuran 20 horas a cambio de 600 euros de mierda. Gracias en nombre de aquellos que llevan trabajando ya un año y medio, saltando entre contrato de prácticas curriculares a extra curriculares. De contrato de 750 horas de prácticas en las que se echan el doble a jefes que se frotan las manos porque empieza un nuevo curso académico y te pueden contratar otras 750 horas a través del COIE. Gracias de parte de aquellos que saltaron entre contratos basura, becas Santander y demás trampas durante años y ahora por fin “gozan” de su contrato laboral a jornada completa, con todo bien atado y su sueldo de 850 euros/mes, que “para los tiempos que corren”, la verdad “que está muy bien”. Gracias a los que llevan la empresa de su jefe por 1.200 euros, a los que llevan 2 años sin cogerse un día libre por temor a encontrarse a un becario de prácticas en su mesa cuando vuelvan.

Gracias padres, madres, abuelos, abuelas, hermanos e hijos que habéis votado a PP. Gracias de parte de los que terminaron periodismo y se fueron a Leicester a currar en un McDonald’s. Gracias de parte de mis amigos enfermeros en Londres. Y del que está en Berlín. Gracias de parte del que se va a Brest. Del que se fue a Munich pero no aguantó. De parte de los arquitectos que viven en favelas en Brasil. De los periodistas en Chile. De los ingenieros en Suiza. Y los de Dinamarca. Los investigadores de bioquímica que “de tan buenos que son” (como dicen sus abuelas) están en EEUU refugiados los sábados por la noche en el piso escuchando sirenas de policía. Que si quieres ganar pasta de verdad te vengas pa Colombia, Manuel, que yo te lo preparo tó. Y si te compraste una grúa antes de que la burbuja estallara vente a Guinea a currar con ella que te la alquilan por un pastón, que tienes tres hijos en la universidad, tío. En Marruecos nos estamos moviendo mucho, Ricardo, yo voy siempre con un moro que se llama Ahmed que es muy majo y me hace de traductor. Menudos chanchullos gastan por aquí, mucho más españoles que en el norte

Gracias por votar a Pepe. Espero que vuestra familia y amigos estén contentos con vuestra decisión. 

Enserio, muchas gracias. Les habéis echado de España.

Crítica "El Girasol": Como en casa


Anoche decidimos salir a cenar para celebrar el cumpleaños de mi pareja. Como ella es vegetariana y siempre está haciendo sacrificios por mí decidimos ir a un vegetariano. Nos habían hablado muy bien de “El Girasol” así que allá que fuimos. La primera impresión que me causó al llegar fue muy buena. Me gustaban mucho los cuadros que colgaban de la pared, el mantelillo gracioso de papel con dibujitos que tenían puesto en las mesas y el rollo que le daba el local tan pequeño y cuidado. La chica que nos atiende es majísima y nos indica que nos sentemos donde gustemos ya que el local está vacío a excepción de un chico que cena solo en una esquina.

Tras echar un vistazo a la carta y con la caña de rigor ya en mano nos decidimos a pedir de entrante para los dos las fajitas de tortitas de maíz y ceviche de aguacate y persimón. Mi pareja pidió de principal la tartaleta marroquí vegana y yo el chop suey de tallarines con shiitake, seitán y verduritas varias. El entrante viene y tiene muy buena pinta, es básicamente una tortita de maíz con verdura por encima y puesta sobre una base de distintos tipos de lechuga. Bastante pequeño para costar 8 euros, pero muy rico. Me como mi mitad en exactamente tres bocados mientras rezo mentalmente que los tallarines que valen casi 9€ sean contundentes porque después del entrante tengo más hambre que antes. Aunque, ¿en eso consiste un entrante no?

Vienen los platos principales, la tartaleta y el chop suey de tallarines. La tartaleta es pequeñita también pero la ración de tallarines es generosa así que suspiro aliviado. Con un sólo vistazo al plato ya sé lo que me voy a encontrar, exactamente lo que el nombre promete: tallarines con verduras. Y eso es lo único que puedo decir del plato, un chop suey básico que cualquiera podría cocinar en casa y en el que las shiitake son cuatro pedacitos pequeñitos que al principio me cuesta encontrar. Eso sí, muy bueno, aunque tampoco tenía mucho misterio, claro. Mi pareja está gozando con la tartaleta y me insta a probarla. Deliciosa. Muy pequeña para mi gusto pero buenísima. Como tenemos aún un poco de “fome” nos decidimos a pedir un postre para cada uno en lugar de uno a medias como acostumbramos.

La chica nos los recita de memoria y todos suenan a manjar de dioses. Me decido por la tarta de queso (100% fan, he probado todas las que he podido) y mi pareja por el bizcocho de zanahoria con cobertura de chocolate, aunque cuando llegan los postres comprobamos que las chicas nos los han partido en dos para que probemos ambos. Me encantan los pequeños detalles de la gente maja. La tarta de queso tiene una pinta espectacular y cuando la pruebo compruebo que me he quedado corto. Esto es jodida ambrosía si me perdonáis el taco y la manida comparación. Me como mi trozo en segundos. El bizcocho de zanahoria está muy bueno pero me lo estropean un poco las nueces, no son santo de mi devoción las nueces. Mi pareja sin embargo disfruta cada bocado.

Partimos y la conclusión es unánime. En alguna crítica al restaurante que he leído en Tripadvisor algunos clientes decían que era como comer “en casa”. Pues es eso exactamente el restaurante, todo muy bueno pero lo podría haber hecho yo mismo en mi casa. Y además, qué cojones, me hubiese hecho los tallarines con unas gambitas salteadas.

Crítica "Metal Gear Solid V: Phantom Pain": Kojima se cree que sois tontos.


Igual no soy una voz imparcial porque me he comprado la Playstation 4 hace un par de meses y venía con el Metal Gear Solid V: Phantom Pain así que no puedo compararlo con otros videojuegos de la plataforma, pero hay un momento en el que voy con Big Boss a caballo por las montañas de Afganistán en el que giro la cámara y miro el paisaje a mi izquierda y se me cae el cigarrillo de los labios de tanto que se me abre la boca. Que gráficos. Yo que me corría viendo a Solid Snake cambiarse el traje de submarinista en el ascensor del MGS I ahora mismo estoy...el éxtasis que sintió Santa Teresa debió ser algo parecido. 

El salto que ha dado Metal Gear Solid al nuevo trending de los mundos abiertos en videojuegos me tenía un poco inquieto. No es que desconfie del equipo ni de Kojima pero no veía bien como una saga en la que la máxima siempre ha sido una perfecta y sólida historia lineal podía compaginarse con un mundo de total libertad. Pues bien, el resultado es...entre la decepción, el asombro y un encogimiento de hombros resignado de “lo que me esperaba”. Me cuesta mucho hablar en profundidad del juego porque es vasto, vastísimo. Tras el episodio 0 que sirve de intro nos vemos con Big Boss en Afganistán, con una región de kilómetros y kilómetros explorables en los que hay una cantidad de misiones secundarias y objetivos ocultos increíbles. Las primeras horas de juego estoy disfrutando como el niño que soy de esta última entrega de la saga. La historia pinta muy atractiva y el hecho de “currar” codo con codo con Ocelot, además de muchos más detalles y guiños para los más veteranos de la serie, es una delicia. La jugabilidad es básicamente la que acostumbramos en la saga, incluyendo el escoger los ítems al pulsar el cursor izquierdo y muchos más controles que se han mantenido desde la primera entrega y que nos tocan la fibra sensible a muchos de nosotros.
Por supuesto se han añadido multitud de funcionalidades como la de robar y conducir vehículos, realizar las misiones con compañeros tan dispares como caballo, perro o robot,la Mother Base, los interrogatorios… Se ha perdido el clásico radar de la serie, pero se mantiene el Códec aunque ya no se llame así, y en su lugar lo que podemos hacer es “marcar” enemigos. Teniendo visible su situación incluso a través de paredes. Lo hace todo más fácil (incluso) que el radar. Sin embargo, llegado a cierto punto del juego, concretamente cuando tengo que probar dos compañeros nuevos (Quiet y D-Walker), tengo decenas de mejoras para las armas e items que aún no me puedo permitir, me veo sobrepasado e intuyo algo de lo que se viene encima. “Le han metido mucha morralla” pienso.
Ni me lo imagino. De repente me atasco en cierto punto de la historia principal y comienzo a realizar las secundarias. Que sorpresa cuando empiezo a encontrarme “Rescata al soldado 08”, “Elimina al tanque 05”, “Extrae al armero legendario bis”. ¿Enserio? Entiendo que en un juego de estas características el tema de meter más de 150 misiones secundarias se hace complicado. Bien, pues no las metas. La historia, que apuntaba alto, se va diluyendo entre conspiraciones que de tan épicas se quedan en risibles. ¿Cómo puede ser que SkullFace pretenda crear un virus que extermine el inglés (y sus hablantes, claro) de la faz del mundo? ¿Pero qué pollas…? El “malo final” no es si no un refrito en forma de un joven Psycho Mantis controlando al Metal Gear con más parecido al de la primera entrega que ha dado la saga. Los jefes finales en general son facilones y sin carisma (los Skulls molan claro, pero más molaría que tuvieran un breve atisbo de inteligencia). Y es que los puntos fuertes del juego son guiños u homenajes a las entregas pasadas. Liquid de joven, Psycho Mantis de joven, Ocelot de joven, una francotiradora cuyo mayor logro en la historia es recordarnos (demasiado) a Sniper Wolf (tras derrotarla pasa a ser nuestra compañera y podemos vestirla como a la mismísima Wolf), un tal Emmerich que no es otra cosa que un refrito de Otacon… en fin.
Al contrario que al resto del gremio no me ha parecido, ni de lejos, la mejor entrega de esta saga. Sí que la jugabilidad es apasionante y contamos con un arsenal y una tecnología (que por cierto no existía en el s.XXI en otras entregas de la saga pero sí en plena Guerra Fría WTF) muy jugosas tanto para jugar al estilo infiltración y sigilo como para entrar en plan comando en las bases enemigas, con el helicóptero bombardeando a los enemigos, el camuflaje óptico activado y disparando una metralleta del tamaño de un lobo joven. Por tanto, la entrega se disfruta, no quiero insinuar lo contrario. Pero, ¿la mejor entrega de la saga? Venga, hombre, iros a cagar periodistas y youtubers. Por suerte, alguno hay por ahí que comparte mi opinión de que es el peor de la saga.
Desapasionado ya del juego me decido a terminar aunque sea sólamente la historia principal cuando, tras derrotar al puto Salehontronosecuantos aka el nuevo Metal Gear controlado por el joven Psycho Mantis, me dispongo a ver el final más insulso de la historia de la saga. Y, vaya, sorpresa, en un video-trailer se me informa de que sólo he completado la primera parte del juego. Qué cojones. Mejor dejarlo enfriar, pasar una semanita jugando a otras cosas y retomarlo, no vaya a ser que me haya precipitado al pasarme las últimas 4 horas de juego repitiendo en voz alta: “Menuda mierda”.
Una semana después me encuentro con que tengo dos misiones “nuevas” en la citada segunda parte. Son dos misiones que ya he completado pero en nivel extremo. Olé tus cojones ahí Kojima. Esto me lo tomo como algo personal. Se están riendo de mí. No hay otra puta explicación, se están riendo de mí. La segunda parte avanza así, con alguna misión nueva que no es más que un reciclado del sistema que ya conocemos de sobra en las anteriores horas de juego (rescata a no-sé-quién, destruye tal mierda, bla bla bla) y en los escenarios viejos. Pues tus muertos. La segunda parte transcurre así, con un jugador enfadado que sólo avanza por ver si hay un final resolutivo en esta historia. Sorpresa otra vez. No, no hay ningún final a esta puta mierda. Una escena en el espejo nos muestra a Big Boss, al que durante todo el juego no le hemos notado ni un ápice de la supuesta maldad que debería desprender como malo malísimo de la saga, algo enfadado y con todas las papeletas de liarla nuclearmente hablando en unos añitos.
Muy desaprovechada esta entrega, que podría haber rematado la consolidación de la saga como la mejor de espionaje de la historia. Un poco de ambigüedad en torno a si en realidad Big Boss es “malo” o simplemente acabará siendo “enemigo” de su hijo Solid Snake porque este trabaja para el gobierno...ese tipo de cosas. A Ocelot se le ve con la cabeza muy fría también, ni idea de en qué punto se transformará en el que conocimos en la primera entrega. A colmo de males creo que es el videojuego con los peores jefes finales del año, como mínimo. De hecho adjunto captura de pantalla de Wiki Metal bastante risible si se compara con el resto de entregas.
"(Otra vez)" es la definición perfecta del juego.

En resumen, jugarlo es muy disfrutable al principio, pero la experiencia va cayendo en picado hasta que el jugador, hastiado, decide probar “gilipolleces” como entrar en un campamento enemigo disparando con un lanzamisiles mientras grita: “A tomar por culo el sigilo”.
La historia, fatal, horrible. Progresiva también, cayendo lentamente hasta ese horrible momento en el que uno se da cuenta de que está pasando las escenas de video en un Metal Gear porque no le importan. No quería averiguar cómo era esa sensación. Estaba mejor sin ella.

Gráficos, la polla bendita, claro. Pero sólo faltaba. Duración, excesivamente súper-excesiva. No lo compréis (y menos por 70 pavos) pero si algún colega lo tiene, pedidle que os lo preste. Aunque sea por “cerrar” la saga.

Sí, voy a empezar a escribir sobre videojuegos. Y como me anime, hago video-críticas y todo.

28 dic. 2015

Un ejército de marginados

La primera vez que vi al Basi, yo venía del Mercadona. Esa vez estuve realmente cerca pero, tras cinco minutos dando vueltas en la puerta, finalmente me di media vuelta sin entrar. Volví todo el camino a casa clavándome las uñas en las palmas de las manos. Mordiendo la bufanda. Maldiciendo tres veces cada vez que maldecía. Y sin pisar las baldosas rojas. El Basi estaba cruzando hacia su casa aunque, claro, yo eso aún no lo sabía. Andaba de una forma exageradamente forzada, adelantando mucho más su pierna derecha que la izquierda. Le gritaba a alguien al otro lado de la acera. Supuse que imitaba a algún deficiente que había visto en la televisión, para deleite de sus colegas. Aunque sus colegas no parecían reírse. A mí no me gustó, porque siempre he creído que la sociedad actual abusa demasiado del término “retrasado”. Y de las burlas. Así que seguí mi camino diciendo en voz baja: “gilipollas, gilipollas, gilipollas.” Una, dos, tres veces. Como siempre. Entré a la panadería mirando fijamente al suelo pero había cola así que fingí que miraba el móvil y salí fuera. Di tres vueltas a la manzana (una, dos, tres) y volví a entrar. No había nadie, así que pedí.

La segunda vez que le vi fue en la panadería. Yo quería comprar pan porque me apetecía cenar bocadillos. Tres bocadillos. Uno, dos, tres. Siempre los preparo igual, de salchichón, jamón y queso. Uno con tres lonchas de salchichón, luego las de jamón y por último las de queso. Luego otro con las del jamón, el queso y el salchichón. Por ese orden. Y el último queso, salchichón, jamón. La gente piensa que soy raro, pero realmente aprecio la diferencia entre los tres. Uno, dos, tres. De todas formas, siempre he creído que la sociedad actual abusa demasiado del término “loco”. Y de la condena. El caso es que estaba mirando al suelo cuando entró, charlando un poco con Enrique, el panadero. El Basi vino directo a mí, aún no sé por qué. Me miró buscando mis ojos. Le rehuí. Se agachó un poco incluso, para mirarme directamente a la cara. Me sentí invadido. Cohibido, cohartado, indefenso. Eso es, indefenso, indefenso, indefenso. Pero a una parte de mí le gustó mucho, aún no sé por qué. Era la primera vez que alguien rompía mi zona de confort en años.

La tercera vez fui yo quien levantó la cara para mirarle directamente a los ojos. No sé cuánto hacía que no miraba a un desconocido a los ojos. Los ojos. Uno, dos, tres. Me di cuenta entonces de que el Basi no estaba bromeando aquel día, cuando cojeaba y gritaba casi inentendiblemente. Me contó que iba a la escuela de aquí al lado. Que compraba siempre en la misma panadería que yo porque su abuela también compraba allí. Que tenía 15 años aunque pareciese más jóven y que sus profesores creían que, si se esforzaba, podría llegar al instituto. No sabía si el Basi no iba a algún centro de Educación Especial porque su familia no tenía dinero o si eran gratis o si así lo habían decidido o yo que sé. Tampoco le pregunté. Me pidió que le acompañase a la panadería y me sorprendí aceptando de buen grado.

Desde entonces nos vemos regularmente. Por la tarde, cuando baja al parque a ver como juegan al fútbol el resto de niños de su edad. Yo me siento con él en el banco y miro como los hombres de mi edad pasan a toda prisa, fumando y gritando al móvil. Pero hoy ha sido especial. El Basi no me pregunta por qué he llorado un poco pero es consciente de que hemos hecho algo mucho más importante que comprar un pack de 3 napolitanas de chocolate en el Mercadona. Una, dos, tres. Es la primera vez que he entrado al Mercadona en mi vida desde que mamá se fue. Me voy a esforzar porque no sea la última, y, algún día, me juro, entraré sin el Basi. Pero ahora sólo estoy pensando en que es una lástima que esta tercera napolitana no la aproveche nadie. Que necesitamos otro amigo. No, decenas de ellos. Copar los bancos de los parques y sentarnos a mirar palomas y reír y tomar el sol. Como hacen todos los otros. Crear un ejército. Un gran y magno ejército de marginados. Con la única intención con la que se debería formar un ejército: que nadie esté solo. Que los locos, los retrasados, los raros, nos acompañemos los unos a los otros incluso a comprar el pan a la panadería.

25 dic. 2015

198: La capitalización del cambio.















¡Compren la revolución! ¡¡Compren, compren!! ¡A un módico precio!

Que el capitalismo siempre encuentra la forma de absorberlo todo, como un agujero negro que se expande y se expande, no es precisamente una tesis que se acabe de confirmar. Desde las camisetas del Che a los recopilatorios de fanzines pseudo-anarcas que se editan en un gran libro con páginas muy chulas y se venden a 20 pavos. Por eso, cuando hace un tiempecito descubrí la marca de ropa 198, no me escandalicé demasiado. Al fin y al cabo es la misma mierda de siempre, pero para otra “clase social”. Tampoco me sorprendió ver meses más tarde que tenían algo que ver con los polémicos Chikos del Maíz (de los que no me cansaré de repetir que jamás he visto en una rave del Viña, por mucho que digan) porque ellos mismos hundieron su propio discurso hace demasiado. Pasar de criticar temas como “botines” o decir literalmente en tono crítica a otros raperos: “¿Habláis contra el capitalismo en canciones con sudaderas de 20 talegos?” y que luego venga el Nega a presumir de gafas habla por sí solo.

O esa manía de situarse en corrientes feministas para luego vacilar en sus temas de que se la chupan en el baño, o hablar de su polla. O cómo cuando Nega hizo una canción en apoyo a las trabajadoras sexuales a cambio de una cena con una compañera de La Tuerka. ¿Que poco patriarcal eso, eh? La pelea con Ciniko...en fin, todos sabemos ya de qué palo van y muchos seguimos disfrutando de sus conciertos sin que nos importe. Al fin y al cabo yo no me voy de festival a sentirme un revolucionario, precisamente. Pero no me quiero cebar con ellos porque ya les dieron un buen repaso en este artículo de Demokrazia Zero.

Lo que me ha sorprendido (bueno, tampoco tanto) ha sido ver a gente de Podemos lucir con orgullo la ropa de 198. La ropa, para quien no la haya visto, es fea, clasista y carísima. Son polos tipo Tommy Hilfiger con un romano dibujado en el pecho. La misma mierda de siempre, pero con otro collar. La casta de la izquierda, que también existe, vendiendo su modelo para sustituir al de derechas, cuando ambos no son si no lo mismo. El Madrid y el Barça. Lo más indignante del tema es cómo venden su ropa en la web:

“198 es una marca de ropa con significado. Es una marca de ropa de todos aquellos que saben que el cambio es necesario y pelean con alegría por ello. Entre las muchas cosas que reivindica esta marca están la Educación universal, laica y gratuita, el derecho a una vivienda digna, sanidad gratuita y universal, y la libertad de expresión".

Que alguien me explique como una marca “reivindica” la educación universal y el derecho a una vivienda digna. ¿Escribiendo cuatro líneas de mierda en la web de la home? Se auto-denominan una marca con conciencia social, pero ellos mismos admiten que no fabrican sus prendas en España. Pero qué pollas. Hay que ser subnormal para comprarse una mierda hortera y pagar 30 euros por ella y creerse que está uno apoyando la revolución.

La propia marca vende exclusividad e identidad, como el resto de marcas pijas del mundo. Compra 198, los tuyos te reconocerán por la calle. Compra 198, será tu seña de identidad. Compra 198, clama en tu ropa lo que piensas. Compra. Compra. ¡¡COMPRA!! ¡¡Compren la revolución a un módico precio!!

Bendito capitalismo, que acabas transformándolo todo en una broma grotesca de la que nadie tiene cojones a reírse.

23 dic. 2015

A favor de la subjetividad I


Anónimo (no es realmente anónimo, claro) me envía mensaje por el Facebook. Entre otras muchas quejas de niño llorica de 15 años al que le han dicho que “esa redacción está muy bien pero…”, me acusa de haber escrito una crónica subjetiva. La crónica en cuestión empieza literalmente por la palabra “YO”. Crónica. Yo. Subjetivismo. Pues muy bien, seguimos para el Nobel si os place.

El mismo rapero anónimo en cuestión, que se las ha dado en no una ni dos ni tres si no en cientos de ocasiones de ser el mejor y único verdadero poeta de España vivo (sí, tal afirmación merece capítulo aparte y es mejor no comentar) se dedicó también a esparcir mierda sobre un servidor y el periodismo en general por Twitter.
Por ello veo surrealista tener que llegar al punto de romper una lanza por el subjetivismo. Porque aquellos periodistas que os parecen tan experimentales y horribles, que hablamos de por qué esta canción nos gusta más que otra o de nuestro entorno y circunstancias somos los únicos que no os engañamos. Puede que haya tontos que se escuden en la imposible y malograda búsqueda de la objetividad o en ranciofacts estilo “lo más objetivo posible” pero esa forma de hacer las cosas está, gracias a dios, destinada a desaparecer. Relegada a información de consumo rápido como la económica y la política (no por ello despreciables, ni mucho menos).
En la era de los Millennials algunos tenemos que soportar que nos espeten cosas como “pues será tu opinión” o “no entiendo por qué crees que la gente va a estar de acuerdo con lo que piensas”. Que te follen. Claro que es mi opinión, pedazo de ignorante estúpido. ¿Cómo va a ser otra cosa salvo mi opinión? O mi favorita, la de “pero es que os creéis Tom Wolfe o qué”. Tom Wolfe no era nadie hasta que no empezó a escribir como Tom Wolfe, gilipollas. Si no te interesa lo que yo tenga que decir sobre algo, me parece muy bien, simplemente sal de mi artículo y entra en cualquier otro de otra persona que también vino al mundo entre sangre y confusión, y probablemente lo dejará igual, sin puta idea de lo que ha ocurrido en medio. O iros a leer a jefes de secciones de cultura, como Jam Albarracín, que llevan 20 años sin decir nada malo de ningún artista (por eso, entre otras cosas, son jefes de secciones de cultura.

Perdonad porque quizás el tono del artículo os suene un poco enfado. Soy un ser de carne y hueso y estoy enfadado. Y eso influye en lo que escribo y en cómo lo hago. Pedid mi cabeza por ello si queréis.
De todos modos, nunca quise ser periodista.

10 dic. 2015

Votar a la derecha no te hará rico




Te hablo a ti porque estoy harto de verte en el pueblo. Con esos andares absurdos, con las piernas demasiado abiertas, como si tuvieses las gónadas del tamaño de una pelota de baloncesto, llegando al bar a dar un golpe en la barra y pedir un orujito soltando la primera al ver que en la tele dicen que hay una nueva víctima de la violencia de género: “Algo habría hecho”. O quizás esa tan buena de: “También hay mujeres que maltratan a sus maridos y eso no lo cuentan”: Un aplauso para ti, por campeón.

Te hablo para contarte que eres tan gilipollas que ni lo sabes. Aún no te has dado cuenta de que hay que ser imbécil profundo para levantarte a las 7 de la mañana 25 años de tu vida (con ese bigote asqueroso que me llevas, para colmo) para prepararte a ir a la fábrica en la que llevas metiendo limones en cajas esos mismos 25 años y votar a la derecha. Eres tan profundamente gilipollas que en tu bendita inconsciencia no eres capaz ni de imaginarte hasta qué punto. Pues yo te lo cuento, si quieres. Eres tan tonto que te compraste un puto Mercedes y una casa en la playa cobrando 1.800 euros al mes y te crees mejor que los ecuatorianos que tuvieron los cojones de emigrar a la otra puta punta del mundo para cobrar lo mismo que tú. Oh, sí, tú eres tan tonto que ni lo sospechas, pero cobras lo mismo que ellos.

Eres ese ser que pronuncia tan altivo que “robar van a robar todos” porque eres consciente de la naturaleza humana. No es para menos, viviendo en tu pellejo toda la vida. Eres ese pavo que tiene a su hija de 20 años de camarera los fines de semana en la Nueva Condomina para pagarse la carrera porque no le dan beca, pero aún así discutes con ella en la sobremesa cuando, viendo el telediario, te recuerda que eres tan profundamente idiota que vas a volver a votar al Pepé. Porque tú y tus 1.800 euros al mes no sois obreros, sois clase media. Clase media que financia a plazos hasta el portátil del crío, pero clase media. Clase media con la suegra viviendo en casa porque ni de coña hay pasta para contratar a una asistente, pero clase media.

Eres tan tonto que te crees más o menos al mismo nivel que tu jefe, el que a las 12 de la mañana echa el pestillo al despacho y café en mano se prepara para la paja de media mañana y sólo toca los limones para partirlos por la mitad con el cuchillo. De hecho, eres tan tonto que le admiras más de lo que le envidias y charlas con él en el ascensor y acuerdas que sí, que claro, que “todos tenemos que apretarnos el cinturón para salir de esta”.

En realidad te escribo todo esto porque, por desgracia, la esperanza siempre es más grande en el pecho de aquellos que tienen la cabeza vacía y aún no has comprendido una cosa:

Votar a la derecha no te hará rico.