UA-67049947-1
Mostrando entradas con la etiqueta relato breve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato breve. Mostrar todas las entradas

23 nov 2015

Control de animales




A Lucas hay cosas que le fascinan del ser humano. Esas incongruencias, esa falta total y absoluta de juicio propio y lógica desnuda que todos parecen ser capaces de exhibir ante sí mismos en las frías y largas noches de invierno en las que reflexionan a causa del insomnio. Sus congéneres reflexionaban porque tenían insomnio. Lucas tuvo insomnio porque reflexionaba. Pero de eso hacía años, antes de que Lucas terminase de comprender y sobre todo aceptar ciertas cosas sobre sí mismo. Los seres humanos siempre se han creído lo que han querido creerse. Lucas piensa en el control de animales. ¿Cómo pueden los seres humanos aceptar eso como algo tan lógico cuando no es más que la revelación final sobre su propia naturaleza? Él se vería capaz de entenderlo si todas las piezas encajasen entre sí. Pero no lo hacen. Los seres humanos echan a otras especies de sus ecosistemas. Esa es su verdadera naturaleza. Crean ciudades y construyen muros basándose en conceptos ficticios que simplemente todos fingen asumir y asimilar como algo innegable a su propia existencia. Pero no lo es. Son una especie que domina, que llega a un terreno, lo mea a su manera y empieza a echar al resto de especies. En las ciudades pasean furgonetas que se encargan de recoger perros y gatos callejeros que en el 80% de los casos acaban muertos. Ninguna especie que moleste va a compartir su ecosistema. Eso es algo que todos asumen como natural y que Lucas ve horrible. Eso es, horrible. Primero descubren perros y gatos y los domestican, los sublevan a ellos, los vuelven sus compañeros. Y a los que no lo son, los eliminan. Un perro o un gato sólo tienen derecho a vivir si tienen un dueño humano, si pasean por la ciudad son una plaga. Ninguno de ellos, simios que se levantan cuando amanece (como el resto de animales), se lavan la cara, se afeitan el vello y se ponen un traje, son capaces de asimilar qué son en realidad. Son simios. Simios que han bajado del árbol y se han adueñado de la jungla. Simios que delimitan su territorio en el bosque basándose en el que pueden abarcar y defender, no en el que necesitan; construyen garrotes con las ramas; y empiezan a echar a todas las otras formas de vida animal de las que no se pueden alimentar. Para los cerdos granjas de alimentación, vacunas, controles sanitarios y desollamiento para alimentar a sus bebés simios. Para las moscas insecticida. Para los perros collar. Simios que bajan del árbol y lo talan porque les estorba, sin importar todas las especies con las que convivían cuando vivían entre sus ramas (de lo que no hace sino un rato en términos evolutivos) ni las que quedan por llegar. Simios que escogen el ave con los huevos más sabrosos y la encierran en un corral. Al resto les talan las casas, y a los de colores más bonitos, les fabrican casas nuevas con barrotes de madera. Todo esto hacen los seres humanos, reflexiona Lucas una vez más. Es un pensamiento recurrente en estas situaciones a las que se expone. Lucas da otra calada amplia al cigarrillo y el sabor químico del pentobarbital aún deshaciéndose en los ácidos de su estómago le asciende hasta la garganta. Traga saliva y un moco asqueroso y enorme se le revuelve en la tráquea. Tose y escupe. Necesitará algo para el flujo gástrico más tarde. Lucas no es aficionado a los barbitúricos, ni por lo general a ningún tipo de droga, pero su pieza de esta tarde tenía un frasco en el bolsillo. A él le ha dado tres píldoras. Está colgado por los pies de una viga de su propio sótano. El lugar siempre es importante. Somos simios, le damos valor al territorio. A uno le retuerce más las tripas que un desconocido le cuelgue por los pies en el sótano de su propia casa que despertarse atado a una silla en una habitación desconocida. Es la sensación de que no tienes el control en absoluto y jamás lo tuviste lo que Lucas busca provocar en su presa de esta tarde. Quiere que sienta que lleva toda la vida auto-engañándose, que el mundo en el que creía no existe. Sólo es algo que le han vendido por la tele. Pero mientras él se limitaba a engullir patatas Ruffles York’eso con las dos manos el mundo ahí fuera seguía siendo real. Y ahora es la presa de un depredador más fuerte. El hombre es gordo, pero no demasiado, más bien fondón. Deberá pesar unos noventa kilos y aunque apenas rebasa el metro setenta seguro que no se considera a sí mismo un gordo. Por supuesto, lo que él no parece percibir (aunque ahora quizás sí) es que no estaba gordo para bajar las escaleras de su casa y montar al coche de camino a la oficina, ni para salir a cenar con sus amigos, ni para sentarse en el sofá a comer pizza. Pero para huir de un depredador en la selva…para eso estaba muy gordo. A Lucas le ha costado una barbaridad subirlo, pero por suerte el depredador es él y eso siempre proporciona una serie de ventajas. Por ejemplo la inteligencia. Los depredadores comen carne y la proteína que esta contiene les desarrolla el cerebro. Su presa en este caso es también un depredador, pero la diferencia es que Lucas es un depredador de depredadores por lo que está acostumbrado a mirar a su alrededor y observar cómo puede valerse del entorno. Está acostumbrado a tener que ser el más inteligente de la habitación, por exigencias del guión. Lo ha subido haciendo una polea con unas cuerdas y la viga del techo. También le ha cosido la boca, es la primera vez que hace algo así pero quiere probarlo. Odia los gritos de dolor. Todo lo que viene antes y todo lo que viene después es lo que él persigue y ansía. El proceso de gritos y sangre le sigue pareciendo un poco desagradable. De todos modos, el coserle la boca impide que la gente de fuera de la casa escuche los gritos, pero Lucas los oirá perfectamente. Ahogados en su garganta. Rebotando contra sus labios cerrados a la fuerza con sutura. ¿Le dolería tanto como para acabar destrozándose la boca al intentar gritar? No sabe cuánto hace que se ha quedado inconsciente. Lucas levanta la mano derecha, con la que empuña el cuchillo, y con la punta de la hoja de este, roza levemente la piel del hombre. Sin dañarla. Es tan frágil. Es como cortar plástico con unas tijeras bien afiladas. A Lucas le impactó mucho la primera vez que vio como desollaban a un conejo. ¿Cómo un ser que es capaz de mostrar tal brutalidad es luego capaz de condenar que un ser humano insulte a otro en un medio de televisión? Era tan ridículo, tan risible, que parece una broma de una especie superior para con ellos mismos. Una broma que nadie parecía entender. Salvo Lucas.

Se dio la vuelta y se alejó del cerdo colgado boca abajo. Se miró en un espejo del sótano. Se había dejado la barba muy larga, y la había recortado de forma que su perilla fuera aún más larga y espesa, como una suerte de barba espartana pero mucho más larga. Se había dejado la barba porque uno nunca sabe dónde hay una cámara, o un ojo ajeno. También vestía ropa demasiado rockera para él. Comprada en un mercadillo hacía un par de semanas. Encima de la ropa llevaba uno de esos chubasqueros de plástico que le llegaban hasta los tobillos. Se había cambiado los zapatos y se había puesto unas botas de lluvia amarillas. Dos tallas por encima de la que él llevaba, por si acaso dejaba alguna huella. Le mostró los dientes al espejo y descubrió un trozo rojo entre la paleta derecha y su incisivo lateral derecho. Lo sacó con ayuda de la lengua y lo observó entre sus dedos. Era atún crudo. Siguió caminando hacia la caja que había abierta en la mesa del sótano. Escogió un corte relativamente grueso de shashimi de pez mantequilla y se lo metió a la boca. Primero disfrutó del sabor que se producía mientras lo salivaba y después lo mordió un poco. Sólo un poquito. Disfrutó de la textura. Después lo engulló de golpe. Sonrió con satisfacción. Internamente. Lucas siempre mostraba sus emociones internamente. Él era consciente de ellas y es lo único que necesitaba. Era un simio solitario. Cerró los ojos y disfrutó de la sensación del barbitúrico. Los abrió y se giró con el cuchillo en la mano. Lucas no tenía mucha idea de medicina, lo cual le gustaba porque casi siempre todo era una especie de experimento para él. ¿Se despertaría el cerdo al empezar a notar que el cuchillo le desgarraba la piel? ¿No? ¿Lo haría entonces cuando lo notase hundirse lentamente en sus entrañas? Lucas suspiró mirando a su presa. Intentó recordar cómo despellejaba su abuela a los conejos para la paella de los sábados. Después se dispuso a intentar hacer lo mismo con un simio de unos noventa kilos más.

1 sept 2011

Flechazos Platónicos Repentinos



Las palabras bailaban ante los ojos de Pedro al ritmo de las vibraciones y traqueteos de la línea 21. Pedro era un sinfín de cosas, gestor de recursos en prácticas, bebedor de vino, amante taimado y sobre todo, desde toda la vida, Pedro era devorador de palabras. Ahora mismo estaba leyendo a Henry Miller en el trayecto de vuelta a casa. Un bache algo más grande de lo habitual provocó que Pedro se despertase de su embrujo justo a tiempo para tirar de la parte de debajo de la goma de sus calzoncillos con el objeto de disimular su erección. Miller siempre le ponía cachondo. Justo en frente de él había una joven con los cascos del ipod silbando mientras movía la cabeza. Le gustaba. Aunque últimamente le gustaba cualquier chica que no conociese. El problema era cuando llegaba la tercera o cuarta citas. Resultaba que todas eran un poco iguales. Incapaces de comunicarse con él a los dos niveles que él más importantes consideraba. La que podía entender su cerebro no podía entender su alma, y al contrario. Y la mayoría no entendían nada de nada. No es que con veinticinco años quisiese casarse y sentar la cabeza, pero una vez que descubrió que jamás tendría la vida nómada con la que siempre soñó y que a los editores no les interesaban los relatos cortos “plagados de corta y pega a Bukowski” no tuvo más remedio que admitir que no le gustaría morir solo. Y se puso a buscar a la mujer de su vida. El problema es que desde pequeño Pedro siempre había sido muy meticuloso y muy exigente en casi todas las facetas de su vida, quizás hasta un tanto neurótico, aunque últimamente el Diazepam calmaba eso por alguna razón que ni comprendía ni quería comprender. La chica de los cascos se fijó en la portada de su libro y luego en él y sonrío. Luego giró la cabeza para mirar por la ventana mientras seguía sonriendo. A Pedro el corazón se le paró una décima de segundo. Algo imperceptible para él pero que aún así le produjo una especie de shock. Él los llamaba sus “flechazos platónicos repentinos”. Se perfiló una imagen de la chica. Estaba escuchando a Louis Armstrong, concretamente su maravillosa versión de “La vie en rose”. Le gustaba tararearla mientras hacía el desayuno y sería lo primero que oiría Pedro al día siguiente cuando se despertase. A ella haciendo el desayuno y tarareando “La vie en rose”. Lo que le obligaría a quererla durante el resto de la eternidad. Le gustaba Miller, eso era evidente, pero en su pequeño bolso de mano llevaba una edición muy vieja y sobada de “Báilame el agua”, llena de pequeñas anotaciones y subrayada una y mil veces. Era tímida pero tenía una gran fuerza interior. Le gustaba el mar, pero también la montaña. Y la lluvia, le encantaba la lluvia. Tenía un gato, quizás incluso dos. Pedro se sonrío a sí mismo. Lo más probable era que en realidad en su bolso solo tenía artículos de maquillaje. Solo había visto la película de “Báilame el agua”, pero no había leído el libro. Y dios, estaba escuchando Beyoncé. O quizás no. No perdía nada por averiguarlo y a lo mejor hasta se acostaba con ella esa noche. Se decidió por entrarle con confianza y sin miedo, a saco, si se asustaba…bueno, “lo quiero todo o nada soy así de drástico” pensó. Levantó la vista justo a tiempo de verla bajarse en la parada del autobús. Tarde, otra vez es tarde. Pedro decidió que en cuanto llegase a casa se prepararía un buen baño caliente y se haría una paja. Y volvió a Miller.

25 abr 2009

Die with your boots on




En un rincon de la pequeña fabrica de muebles. John Suffer contaba las últimas balas que le quedaban a su revolver. El olor a muerte había impregnado sus ropas, tenía una costra de sangre seca bajo las uñas y el pelo chorretoso de aceite de coche. Se había untado el pelo al resbalar sobre el asfalto huyendo de una abominación. John tenía 27 años y desde hacía 10 vivía en Racoon City. Se mudó tras el divorcio de sus padres, su madre obtuvo la custodia. Hacía al menos 5 años que no veía a su padre. Tampoco le importaba, siempre le había odiado. Ahora estaba casado con la que fue su amante, pero eso le parecía tan indiferente hacia si como el sueño de otra persona. En el mejor de los casos su madre estaba muerta. No podía ni imaginar el peor de los casos. 16 balas, eso es todo lo que le quedaba. Los pasos pesados de las botas militares de Chris Redfield resonaban por la escalera metálica que llevaba a la oficina.

-¿Algo útil?-preguntó John
-Nada-dijo Chris-Casquillos y sangre por todas partes
-¿Cuántas balas te quedan?
-Dos cartuchos para el rifle y a duras penas 8 o 10 balas de la 9mm-dijo Chris-Sólo de pensar en el armamento que teníamos en el helicoptero…de todas formas tengo suerte de estar vivo

A Chris se le cortó la voz, siempre le ocurría cuando hablaba del accidente. Según le había contado a John había sobrevivido a una pesadilla horrible en una mansion de Umbrella Corporation y cuando creían estar a salvo algo golpeó el helicoptero y cayeron en mitad de la ciudad sumida en el caos. Todos sus compañeros habían muerto. Chris hablaba en especial de su compañera. Jill Valentine. Chris le había intentado explicar muchas cosas a John sobre lo que estaba ocurriendo, pero John no era bueno en temas cientificos, sólo sabía que el T-Virus había provocado todo lo que veía. De todas formas ni siquiera le importaba. Solo le importaba que fuera, cientos de voces gemían a la luna pidiendo carne humana, la suya. También le importaba ese estúpido monstruo que les perseguía sin cesar, proclamando “STARS” una y otra vez, habían malgastado demasiada munición pero al parecer era invatible. Además no podían refugiarse en el mismo sitio demasiado tiempo porque les perseguia. Si el infierno existia había encontrado la manera de cobrar forma en las calles de aquella tranquila ciudad de Pensilvania.

-A mi me quedan 16 balas-dijo John-Y creo que debería guardarme una para mí
-Si así lo crees…-dijo Chris Redfield
-¿Tu no?
-No-dijo Chris-Gastaré todas y cada una de mis últimas balas en esos monstruos. No me pienso suicidar
-¿Prefieres ser uno de ellos?
-Si-contestó secamente-Moriré con las botas puestas

De repente sonó el estruendo de la pared de enfrente al venirse abajo, entre el polvo del yeso y los fragmentos de cemento que se dispersaban en todas direcciones se escuchó una voz familiar que gemía. Gemía la palabra S.T.A.R.S. Ahí estaba su Nemesis de nuevo.

-¿Querías morir con las botas puestas vaquero?-dijo John levantandose y apuntando con su revolver a la abertura en la que empezaba a aparecer el cuerpo del monstruo- Pues no te las quites

Y empezaron a disparar.